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En vendaAutor: Manel Margalef 15 diciembre 2006 / 10 febrero 2007
Juan de Nieves
Una historia verdadera. Cuando Manfred Gnadinger decidió liberarse de las pesadas cargas impuestas por la vida moderna, renunciando a todas las servidumbres determinadas por su condición como ser social, cuando olvidó prácticamente el habla y prescindió de su propio nombre para autoproclamarse sencillamente Man, incluso en ese momento de absoluto despojo y precariedad, tomó la decisión de construir una casa. Desde su cubículo de dos metros cuadrados emplazado en la costa de la muerte, en uno de los confines del mundo, ese hombre, Man, sintió la necesidad de levantar paredes, suelo y techo. Allí fue aceptado y respetado por una pequeña comunidad, sobreviviendo con coraje y obstinación hasta la hora de su muerte, treinta años después de haber emprendido aquel decisivo cambio de rumbo. Tras su desaparición el ayuntamiento trasladó a un almacén todos los documentos y objetos que aquel hombre conservaba dentro de la casa, apuntaló la puerta y colocó un cartel de prohibido el paso. La casa, afirmó entonces el alcalde, ya no pertenecía al ayuntamiento sino a Costas y al Estado, y aseguró haber reclamado al delegado del gobierno su titularidad en dos ocasiones sin obtener respuesta alguna. El proyecto poético y vital de aquel buen salvaje pasó así de ser un asunto íntimo, construido sobre los principios profundos de la libertad individual, para convertirse en una cuestión que el “Estado” tendría que administrar. La casa, exigencia básica de supervivencia, reducto último desde el cual establecer nuestras propias leyes, parece ser hoy sin embargo, un espacio ajeno a las utopías o cuanto menos a los deseos individuales. Enturbiada por sustanciosas operaciones especulativas, la casa –que definitivamente es ya vivienda– ocupa paradójicamente el último eslabón de una cadena que favorece la urbanización indiscriminada y la reasignación territorial, para beneficio de los representantes sobre los que hemos depositado nuestra confianza. Como no podía ser de otro modo, el arte parece haber aparcado, ya hace tiempo, las representaciones emocionales y metafóricas del territorio doméstico, para hurgar en las implicaciones sociales y políticas de la arquitectura y los nuevos prototipos de habitación. Ya en 1978, Dan Graham realiza un proyecto de vivienda, Alteration to a Suburban House, en el que sustituye una de las fachadas por una superficie de cristal, y añade un espejo en el centro, de modo que los viandantes se introducen en el interior de la casa, trastocando las nociones de público y privado. Hoy en día la realidad se ha impuesto, como de costumbre, a cualquier ficción o estrategia de representación artística, y la casa parapetada tras el escaparate público se nos presenta como única vía de acceso al ámbito privado. ¿Cuáles son pues las herramientas críticas de las que dispone el arte para redefinir las nuevas relaciones entre el individuo y su espacio vital? ¿De que metáforas echar mano ante los obscenos modelos de hogar que los medios de comunicación, y en especial la televisión, nos proporcionan? La respuesta parece estar una vez más en los propios mecanismos y estrategias que la realidad nos brinda. Para su intervención en el Tinglado 2, Manel Margalef apenas introduce ningún dispositivo que no esté presente ya en los modos de promoción y venta de viviendas para familias de clase media en busca de un nuevo y soñado status. Si olvidamos por un momento su función como espacio expositivo, la propia configuración arquitectónica del Tinglado nos remite a la idea de contenedor, de nave de almacenamiento y distribución de materiales a los que aguarda una mejor vida en el exterior. En efecto, la casa y el paisaje desplegados en el interior del hangar portuario constituyen tan solo el anticipo de un futuro prometedor y confortable, y por encima de todo, “a la carta”. Las grandes superficies en las que nos proveemos de alimento, vestido y demás bienes de consumo, son también ahora el espacio natural para los prototipos de habitación donde el usuario puede decidir en función de sus necesidades: montar, cortar, añadir, ensamblar, para finalmente habitar. Si Manfred Gnadinger lo hizo, desafiando reglas y normativas, haciendo de su pequeño habitáculo un paraíso de libertad, nosotros contamos con todas las herramientas y facilidades para hacer de esa utopía una realidad. Margalef no ha llegado por casualidad a la consideración del espacio privado como centro de sus reflexiones artísticas, sino a partir de una experiencia vital, cuando decide crear en el interior de su propia casa un nuevo dispositivo habitable y de resistencia, frente a los repertorios impuestos por las lógicas del confort y la distribución racional del espacio. No se trataba entonces de diseñar ingeniosas fórmulas arquitectónicas, sino más bien de procurar un nuevo consenso entre el espacio y la organización de los movimientos e itinerarios que en él desplegamos para el desarrollo de nuestra actividad cotidiana. Esta iniciativa no se relacionaba con la idea romántica de aislamiento, sino con la posibilidad de una experiencia íntima y vital en los límites, una respuesta, en suma, a la visión homogeneizadora de nuestros modos de vida y que sitúan a la casa como espacio normativo y por tanto, de control. En aquel proyecto personal e inacabado está el origen de las nuevas investigaciones que Margalef viene desarrollando en sus últimos trabajos. Con En Venda, la escenografía está servida: la publicidad anuncia un reducido prototipo de vivienda que se levanta al fondo de la sala tras un fragmento de naturaleza domesticada, una orografía idéntica a la que podemos encontrarnos en los nuevos paisajes urbanizados de cualquier rincón de nuestra geografía. El tamaño de la vivienda no es casual, 30 metros cuadrados, que remiten inmediatamente al debate que tuvo lugar en nuestro país sobre la polémica sugerencia, por parte del ministerio, de construir pisos de reducidas dimensiones dentro del nuevo plan para las viviendas de protección oficial. “La dignidad no se mide en metros cuadrados”, afirmó categóricamente la ministra durante aquellos días ante la fuerte polémica desatada desde la opinión pública y los medios de comunicación. Buenas intenciones u oportunismo político, tenemos razones más que fundadas para mostrarnos escépticos cuando la palabra “dignidad” es pronunciada por nuestros representantes políticos al hablar de vivienda. La intervención de Manel Margalef también parece bascular entre los buenos propósitos y el comentario irónico. La escenografía que rodea a su prototipo de vivienda nos sitúa ante lo que podría ser el producto estrella de una feria de construcción. Levantada a partir de una precaria economía de medios, la casa y su entorno se presentan como última ficción de nuestro sistema de vida estereotipado: un sueño a medida por construir. En su interior, un repertorio de muebles amables, sin fisura alguna, y cuya factura es bien distinta, por cierto, a la del mobiliario emocional al que el artista nos tiene acostumbrados. Finalmente sabemos que En Venda es un calculado plató, en el que poco cuenta si la luz es natural o artificial, o el césped, o el paisaje estático que se proyecta al fondo como cortina cinematográfica. Ante tal escenografía somos visitantes o compradores, pero por encima de todo, somos teleespectadores. Es la casa de nuestra vida. Enviado el 07 de Diciembre. Página principal ... |